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CONSTELACIONES

CONSTELACIONES

 

La astronomía es sin duda la ciencia más antigua. Nuestros antepasados homínidos ya conocían por lo menos el Sol y la Luna. En realidad muchos animales, e incluso las plantas, son de alguna manera conscientes de la existencia del Sol y la Luna y pueden predecir en parte sus movimientos, y actuar en consecuencia. El ciclo día-noche es algo que nos condiciona a todos. El sentido de la orientación manifestado por muchos animales como aves, tortugas, ciertos insectos, etc. parece estar basado en gran medida en el campo magnético de la Tierra, pero se cree que algunos animales se orientan también por la posición del Sol y la Luna, e incluso puede que de las estrellas.
La astronomía es la ciencia que trata de cuanto se refiere a los astros, y por astro entendemos cada uno de los cuerpos celestes que pueblan el firmamento. Estos cuerpos celestes, vistos desde la Tierra a “ojo desnudo” incluyen, además del Sol y la Luna, a los planetas, las estrellas y las estrellas fugaces además de algún ocasional cometa.


No sabemos con certeza el estado del conocimiento astronómico en la prehistoria 1, ni si los planetas eran identificados como tales, o se les tomaba por estrellas. Lo que si es cierto es que muchas civilizaciones antiguas, cuando hacen aparición en la Historia, lo hacen con unos conocimientos astronómicos notablemente avanzados. Así pasa con los sumerios, egipcios, chinos, babilonios, mayas, etc.
El estudio de la astronomía tenía, además del conocimiento por sí mismo, dos objetivos prácticos. Primero establecer un calendario que permitiera predecir con la suficiente antelación los cambios de estaciones -y en Egipto las crecidas del Nilo-, a fin de optimizar las siembras y recogidas de las cosechas, y también organizar la vida civil. Y segundo, adivinar el futuro. Efectivamente, el firmamento parecía una bóveda metálica en la que los dioses movían las estrellas, el Sol y la Luna y los cinco planetas cercanos. Nada había más allá de la bóveda. El cielo en movimiento era el reino de dioses y demonios que provocaban el cambio de las estaciones, el triunfo y las derrotas en la guerra y que, además, determinaban el curso de la vida en la Tierra. Desde sus inicios astronomía y astrología han sido prácticamente la misma cosa. Se tenía como base fundamental que los astros ejercen sobre el ser humano, al venir al mundo, una influencia misteriosa, y fijan su carácter y su destino. También pronosticaban las guerras y sus resultados, las catástrofes, los grandes acontecimientos y, en fin, los días prósperos y nefastos. La confusión entre ambas disciplinas duró hasta bien avanzado el Renacimiento, hasta un astrónomo de la talla de Kepler ejercía también de astrólogo. Es a partir de Galileo cuando la astronomía se libera de vaticinios e influencias misteriosas para seguir un rumbo más científico.


EL FIRMAMENTO

Todas las civilizaciones, a la hora de justificar la existencia y funcionamiento del Universo, han recurrido a explicaciones divinas o mitológicas. Evidentemente, la idea que se ha tenido del Cosmos ha variado mucho de una civilización a otra, de una cultura a otra, desde alguna cosmología hindú que creía que el mundo se apoyaba sobre cuatro gigantescos elefantes, que a su vez iban sobre el lomo de una aún más gigantesca tortuga que nadaba en una especie de océano primordial; hasta la visión aristotélica del Universo con sus esferas planetarias cristalinas, que se movían entre la de las estrellas fijas y la Tierra.
Pero como idea general podemos decir que se ha pensado en el firmamento o bóveda celeste como una esfera ideal, concéntrica con el globo terrestre, en la cual aparentemente se mueven los astros. Su propio nombre indica que se la consideraba una especie de cúpula firme, rígida en la que estaban incrustadas las estrellas. Hoy sabemos que las estrellas se mueven y que sus posiciones relativas van cambiando con el tiempo, pero lo hacen tan lentamente que durante siglos da la sensación de que, aunque aparenten un movimiento de rotación conjunto alrededor nuestro, están siempre fijas en el mismo sitio en relación a las demás.


LAS CONSTELACIONES

Las constelaciones son los diversos grupos de estrellas en que se ha dividido la esfera celeste. La posición de las diversas estrellas en el cielo sugería formas y figuras de personas, animales y objetos, siempre dentro de la visión mitológica y teológica de cada civilización. A modo de ejemplo, veamos como explicaban los antiguos griegos la constelación de Orión:


«Artemisa se había enamorado de Orión, lo cual despertó celos en Apolo, hermano gemelo de Artemisa. Un día Apolo, viendo a Orión a lo lejos, hizo una apuesta a su hermana desafiándola a que no podía asestarle una flecha a un animal que se movía a lo lejos dentro de un bosque. Artemisa lanzó su flecha y dio, como siempre, en el blanco. Cuando fue a ver su presa, se dio cuenta de que había aniquilado a su amado Orión. Fue tan grande su tristeza y sus lamentos que decidió colocar a Orión en el cielo para su consuelo».

Cada civilización ha tenido sus propias historias similares a ésta, con sus respectivos dioses, héroes mitológicos o animales. Así mientras los griegos veían en el cielo, por ejemplo, a un toro, un león o un caballo alado, los chinos veían un tigre y un dragón. Al margen de sus orígenes fantásticos, las constelaciones cumplen la importante misión de ayudar a orientarse en el firmamento, y a estructurarlo al subdividirlo en zonas identificables por todos, donde localizar determinada estrella o determinado cuerpo celeste.



Es muy importante remarcar que, por muy manifiesta que nos parezca una constelación, por muy nítido que se nos antoje el dibujo que conforma sus estrellas, estas estrellas están en realidad separadas unas de otras por distancias de muchos años luz y no tienen relación entre sí, no constituyen una “individualidad” diferenciada del resto del Universo. La única relación que mantienen es la de la apariencia visual de sus respectivas posiciones vistas desde la Tierra. Si pudiéramos trasladarnos, por ejemplo, a las inmediaciones de Arturo, comprobaríamos que la mayor parte de nuestras constelaciones habrían desaparecido, y las estrellas que las forman se habrían recolocado en apariencia en otras posiciones relativas, configurando otros dibujos.


CLASIFICACIÓN DE LAS CONSTELACIONES

Si suponemos que el plano de nuestro ecuador divide el Universo en dos mitades, la norte y la sur; podemos clasificar las constelaciones en dos grandes grupos en función del hemisferio en el que estén ubicadas. Las del hemisferio norte son las constelaciones boreales, y las del hemisferio sur las australes. Los nombres de constelaciones que usamos son los nombres clásicos que pusieron griegos y romanos. Cuando a partir del siglo XVI los exploradores europeos viajaron al hemisferio sur, se encontraron que veían nuevas constelaciones que aún no tenían nombre y bautizaron algunas con nombres más modernos, pero también posiblemente menos “poéticos”. Así encontramos, por ejemplo, Microscopio, Telescopio, Máquina Neumática, Brújula o Reloj.
Ahora supongamos que estamos situados de pie justo en el Polo Norte. El eje de rotación terrestre pasará a través nuestro y si miramos lo que tenemos sobre la cabeza, al cenit, veremos que está la estrella Polar 2 . A medida que pasan las horas y la Tierra va rotando, la Polar continuará inmóvil, dado que está en el eje de rotación. Las estrellas que estén en el horizonte se irán desplazando, al ritmo de las horas, pero siempre permanecerán en el horizonte hasta completar una vuelta completa a ras de suelo. El resto de estrellas describirán también unos círculos completos que serán paralelos al círculo del horizonte; los círculos serán tanto más pequeños cuanto más cerca esté la estrella en cuestión de la Polar, es decir del norte. Esto dura un día que es lo que tarda la Tierra en hacer un giro completo. Todas estas estrellas –las que podemos ver estando en el Polo Norte- forman las constelaciones boreales. El resto de constelaciones, las australes, están por debajo del horizonte y por tanto no son visibles desde nuestra posición. Todo esto que acabamos de explicar sirve exactamente igual, pero con la posición simétricamente invertida, si nos situamos en el Polo Sur y respecto a las constelaciones australes. La única diferencia es que el Polo Sur no tiene ninguna estrella que lo identifique claramente, como pasa en el norte con la Polar, pero esto es una pequeña dificultad añadida que no invalida lo expuesto.
Si nos situamos ahora en la línea del ecuador, lo que quedará justo encima de nuestras cabezas será precisamente el ecuador celeste, y el Polo Norte quedará en la línea del horizonte en dirección norte y el Polo Sur lo mismo pero en dirección sur. Al girar la Tierra, ambos polos permanecerán inmóviles y el resto de estrellas trazarán semicírculos de este a oeste, tanto más grandes cuanto más se alejen de los polos hasta llegar al semicírculo máximo del ecuador. Así como la visión desde los polos sólo permite observar las constelaciones de media bóveda celeste, siendo invisible la otra mitad, desde el ecuador es posible contemplar todas las constelaciones del firmamento, pues las que no sean visibles al hacerse de día y quedar veladas por la luz del solar, lo serán dentro de seis meses cuando la Tierra esté al otro lado del Sol.


En latitudes medias se da, lógicamente, una situación intermedia. En nuestro caso estamos situados a unos 40º de latitud norte. Eso quiere decir que la estrella Polar, y con ella el eje de giro, está desplazada 40º debajo del cenit. Al girar la Tierra, las estrellas parecen describir unos círculos concéntricos, con el centro en la estrella Polar. Las constelaciones van apareciendo por el este y desapareciendo por el oeste. Las más cercanas a la Polar no llegan a desaparecer bajo el horizonte y son siempre visibles, estas constelaciones se denominan circumpolares. Evidentemente, qué constelaciones son circumpolares y cuáles no, depende de la latitud en la que nos encontremos, para una persona situada a 15º de latitud, serían bastantes menos que para nosotros.
Nos quedan por explicar unas constelaciones singulares, en concreto doce. Son las constelaciones zodiacales. El zodiaco es la franja celeste por la cual pasa la eclíptica, esto es la zona por la que se desplazan los planetas y particularmente el Sol.


No se sabe si fueron los caldeos o los egipcios quienes repartieron las constelaciones zodiacales en doce grupos, que fueron las “casas” del Sol. El signo zodiacal en un momento determinado corresponde a la constelación zodiacal sobre la que vemos situado el Sol en ese momento. Dicho de otra manera, estamos en Acuario si miramos al Sol y la constelación que está detrás de él es Acuario. Por tanto la constelación que corresponde al signo zodiacal de una fecha determinada, no es visible en esa fecha porque lo oculta la luz del Sol. La posición del Sol, la Luna y los planetas sobre el fondo de las constelaciones zodiacales, y su supuesta influencia en los acontecimientos terrestres, es la base de la astrología.


LA VÍA LÁCTEA

Nos queda por mencionar una última agrupación de estrellas, de hecho la mayor de todas. De noche se ve como una borrosa banda de luz blanca alrededor de toda la esfera celeste. Se la conoce como Vía Láctea y su nombre proviene de la mitología griega y en latín significa camino de leche. Esa es, en efecto, la apariencia de la tenue banda de luz que atraviesa el firmamento terrestre, y así lo afirma la mitología griega, explicando que se trata de leche derramada del pecho de la diosa Hera cuando amamantaba a Heracles.
En realidad está formado por el grueso de las estrellas de nuestra galaxia compuesto por más de 100.000 millones de estrellas, que debido a su enorme distancia aparecen como una nube blanquecina difusa, sin que puedan distinguirse las estrellas individuales a simple vista. La Vía Láctea aparece más brillante en la dirección de la constelación de Sagitario, ya que hacia allí se ubica su núcleo. El astrónomo Demócrito (460 a. C.-370 a. C.) sugirió que aquel haz blanco en el cielo era en realidad un conglomerado de muchísimas estrellas demasiado tenues individualmente como para ser reconocidas a simple vista. Su idea, no obstante, no halló confirmación hasta 1609 cuando Galilei, gracias al uso del telescopio, demostró que Demócrito tenía razón.


 

[1] Algunas evidencias y monumentos que nos han llegado de la prehistoria, el más conocido de los cuales es Stonehenge, sugiere que también había un notable conocimiento astronómico, al menos en las épocas prehistóricas más recientes.

[2] En realidad la Polar no está exactamente en el norte, sino que está ligeramente desplazada, pero la diferencia es irrelevante a efectos prácticos y para nuestros propósitos, así que consideraremos que está exactamente en el norte.