Etiqueta: Curiosidades Astronómicas

Lluvia de diamantes

Lluvia de diamantes

El interior de planetas como Neptuno o Urano se compone de un núcleo sólido envuelto en capas gruesas compuestas principalmente de hidrocarburos, agua y amoníaco. Los astrofísicos especulan que la presión extrema a más de 10.000 kilómetros bajo la superficie de estos planetas divide los hidrocarburos y convierten el metano en hollín (carbono), que se endurece a medida que se precipita en pedazos de grafito y luego diamantes que se hunden más profundamente en el interior del planeta.

Un experimento reciente ha mostrado que se puede producir una «lluvia de diamantes» utilizando rayos láser de alto poder, lo cual hace pensar que es posible que se generen en tormentas que dividen los átomos en hidrógeno y carbono y que luego se cristalizan y se hunden.

Si bien se conoce desde hace 30 años que el diamante puede ser estable en los núcleos de Urano y Neptuno, demasiado fríos como para derretirlo, se creía que Júpiter y Saturno, por el contrario, eran demasiado calientes o no tenían condiciones adecuadas para la precipitación de diamantes sólidos. Sin embargo, el nuevo estudio sugiere que estas piedras preciosas pueden estar flotando en el interior profundo de estos dos últimos planetas, algunos creciendo hasta el punto de tener tamaños enormes.

Luna mentirosa

Luna mentirosa

Cuando vemos la Luna y está parcialmente iluminada podemos preguntarnos si estará en fase creciente o en fase menguante. Para salir de tan angustiosa duda hay una sencilla regla mnemotécnica en la que lo único que tenemos que recordar es que la Luna es mentirosa.
Efectivamente, supongamos que tiene iluminado el lado izquierdo, en este caso lógicamente tendrá iluminado el lado curvo izquierdo y podemos imaginarnos que dibuja la letra C de «Creciente». Pero, como es mentirosa, eso significará que la fase es cuarto menguante. Si tuviese iluminado el lado derecho, la letra dibujada sería la D de «Decreciente» o «Disminuye» y, conociéndola, sabremos que la fase será cuarto creciente.

Todo lo dicho anteriormente sólo sirve para quienes vivan en el hemisferio norte. En el hemisferio sur la Luna no engaña.

Aristarco de Samos

Aristarco de Samos

Nacido en la isla de Samos, Aristarco (310-230 a.C.) es la primera persona, que se conozca, que propone el modelo heliocéntrico del Sistema Solar, colocando el Sol, y no la Tierra, en el centro del universo conocido. Esta propuesta la hizo después de estudiar la distancia y tamaño del Sol y la Luna.
Aristarco determinó que el ángulo bajo el que se observaba desde la Tierra la distancia Sol-Luna, cuando ésta se encuentra en el instante del cuarto, era de 87º. Para entender todo esto mejor fijémonos en la imagen. Si llamamos TS a la distancia Tierra-Sol y TL a la distancia Tierra-Luna, tenemos:

 

TS= TL/sen (3º)= 19 TL

 

Aristarco dedujo que TS= 19 TL cuando en realidad es 400, pero tenemos que ser tolerantes con este error, dados los precarios instrumentos de que disponía. Pero lo que sí pudo afirmar con certeza es que la distancia de la Tierra al Sol es mucho mayor que la distancia a la Luna y, puesto que el tamaño aparente de ambos es el mismo, el Sol debe ser mucho mayor que la Luna para aparentar el mismo tamaño desde esa distancia.

Durante un eclipse de Luna, Aristarco observó que el tiempo necesario para que el satélite cruzara el cono de sombra terrestre era el doble del necesario para que la superficie de la Luna quedara completamente cubierta por la sombra. Dedujo por tanto que el diámetro del cono de sombra de la Tierra era el doble que el diámetro de la Luna (hoy se sabe que realmente es 2,6 veces más grande). Así pudo calcular la relación entre las distancias a la Tierra, el radio lunar, el radio solar y el radio terrestre.
 
 La exactitud de los resultados finales con la realidad no es lo más importante. Lo importante es que el procedimiento es impecable y la conclusión a la que llegó Aristarco es que la Tierra es bastante más grande que la Luna, y que el Sol aún lo es más y se encuentra mucho más lejos de nosotros que la Luna. Seguramente fue esta constatación lo que le llevó a opinar que lo lógico es que fuese el Sol y no la Tierra el centro del Universo. Además, en sus estudios determinó que todos los planetas giraban alrededor del Sol (al que audazmente catalogó de estrella) y que la Tierra era un planeta más. Por si fuera poco, pensaba que la Tierra giraba sobre sí misma. Esta nueva representación del sistema astronómico ya fue criticada en su tiempo y tuvo fuerte oposición. Oposición basada en que contradecía el axioma “evidente en sí mismo” de que todo gira alrededor de la Tierra, y al modelo cosmológico propuesto por Aristóteles pocos años antes.

Plutón y Caronte «cara a cara»

Plutón y Caronte «cara a cara»

En otra publicación vimos que la Luna presenta siempre una misma cara hacía la Tierra, por lo que la otra permaneció desconocida hasta que el desarrollo de la astronáutica permitió a la Unión Soviética enviar la nave Luna 3 y fotografiarla en 1959 [Ver: «LA CARA OCULTA DE LA LUNA»].

En el Sistema Solar, aparte de la Luna, hay varios casos más de satélites que han quedado gravitatoriamente trabados por su planeta y que se enfrentan a éste siempre por la misma cara. Pero hay un caso único de un satélite y un planeta que se han trabado mutuamente y ambos se presentan siempre la misma cara. Se trata de Plutón y Caronte. Si ya la Luna es un caso excepcional dado su gran tamaño respecto a la Tierra, con Caronte ocurre lo mismo pero aún más acusado, dado que su diámetro es casi la mitad del de Plutón. El resultado de esto es que Plutón y Caronte constituyen de hecho un sistema doble de planetas, en el que ambos se han trabado y se presentan siempre la misma cara, como una pesa de halterofilia formada por dos bolas unidas por una barra.

Supongamos que eso nos hubiese ocurrido a nosotros, y que la Luna estuviese «suspendida» permanentemente sobre el océano Pacífico, por ejemplo. Esto significaría que la Luna no sería visible desde Europa, África, Oriente Próximo y prácticamente toda Asia, y por tanto desconocida para todas las diversas civilizaciones que surgieron en estas zonas. Es interesante especular como hubiese influido este hecho en la historia ya que la Luna es de una importancia trascendental en la mitología, religión, leyendas, tradiciones, filosofía, astrología, astronomía, ciencia, literatura, etc., etc. Y cuál hubiese sido la reacción de los primeros exploradores que llegaron a América al ver por primera vez el enorme disco de la Luna brillando en medio del firmamento.

Perseidas: la lluvia de estrellas más popular

Perseidas: la lluvia de estrellas más popular

Sobre la Tierra están cayendo constantemente multitud de meteoros que no son otra cosa que partículas y polvo procedentes del espacio. Los cálculos sobre la cantidad total que cae son dispares, pero con certeza son varias decenas de miles de toneladas anuales. Algunos meteoros -pocos afortunadamente- son lo suficientemente grandes como para alcanzar la superficie terrestre y se les conoce como meteoritos. Sin embargo la gran mayoría tienen el tamaño de un grano de arena o aún menor, y la gran velocidad que llevan hace que se quemen al rozar con las capas externas de la atmósfera dejando en ocasiones un rastro o estela visible de su trayectoria. Son las estrellas fugaces. Así pues las estrellas fugaces se pueden observar todas las noches, sin embargo hay unas fechas en que se producen con una intensidad muy superior a la habitual. Hablamos entonces de lluvia de estrellas.

Las lluvias de estrellas se ocasionan cuando la Tierra cruza el rastro dejado tiempo atrás por la cola de un cometa. En esas zonas de la órbita terrestre la densidad de partículas y polvo es más alta, por lo que la cantidad de impactos con la atmósfera también es mayor y, visualmente, parecen proceder todos de una misma zona del firmamento, lo que da el nombre a las diferentes lluvias de estrellas: Perseidas, por proceder de la constelación de Perseo; Gemínidas, por proceder de Géminis; Leónidas, por proceder de Leo, etc.

Las Perseidas están ocasionadas por lo restos dejados por la cola del cometa Swift-Tuttle, un cometa con un período de 135 años. Son probablemente la lluvia de estrellas más populares, duran aproximadamente una semana y tienen su pico máximo de actividad entre el 11 y 13 de agosto. Su popularidad se debe sin duda a esa circunstancia ya que, aunque hay otras lluvias de estrellas con mayor intensidad de meteoros, se producen en invierno, y las Perseidas son visibles en verano, lo que facilita su observación. Evidentemente estamos hablando de en el hemisferio norte, que es el más poblado.

Mimas o «La Estrella de la Muerte»

Mimas o «La Estrella de la Muerte»

Mimas es un satélite de Saturno de casi 400 kms de diámetro descubierto en 1789 por William Herschel. El nombre proviene de la mitología griega y hace referencia a Mimas, uno de los gigantes, hijo de Gea.

Posee un enorme cráter de 139 km que le confiere un extraordinario parecido con la «Estrella de la Muerte» de la Guerra de las Galaxias. El cráter se formó debido a un tremendo impacto meteórico que, de ser algo mayor, podría haber fracturado a todo Mimas. La montaña del centro del cráter mide 6 km de altura. Tiene su superficie tan craterizada que los nuevos impactos sólo podrían ocurrir dentro de cráteres viejos.

 

Las constelaciones no son lo que parecen

Las constelaciones no son lo que parecen

Las constelaciones son los diversos grupos de estrellas en que se ha dividido la esfera celeste. La posición de las diversas estrellas en el cielo sugería formas y figuras de personas, animales y objetos, siempre dentro de la visión mitológica y teológica de cada civilización. A modo de ejemplo, veamos cómo explicaban los antiguos griegos la constelación de Orión:

Artemisa se había enamorado de Orión, lo cual despertó celos en Apolo, hermano gemelo de Artemisa. Un día Apolo, viendo a Orión a lo lejos, hizo una apuesta a su hermana desafiándola a que no podía asestarle una flecha a un animal que se movía a lo lejos dentro de un bosque. Artemisa lanzó su flecha y dio, como siempre, en el blanco. Cuando fue a ver su presa, se dio cuenta de que había aniquilado a su amado Orión. Fue tan grande su tristeza y sus lamentos que decidió colocar a Orión en el cielo para su consuelo.

Cada civilización ha tenido sus propias historias similares a ésta, con sus respectivos dioses, héroes mitológicos o animales. Así mientras los griegos veían en el cielo, por ejemplo, a un toro, un león o un caballo alado, los chinos veían un tigre o un dragón.

En la imagen comprobamos que las estrellas que visualmente conforman la Osa Mayor, en realidad no tienen nada que ver unas con otras, y además donde unos vieron una osa, otros vieron un carro o un cucharón.

 

Es muy importante remarcar que, por muy manifiesta que nos parezca una constelación, por muy nítido que se nos antoje el dibujo que conforman sus estrellas, estas estrellas están en realidad separadas unas de otras por distancias de muchos años luz y no tienen relación entre sí, no constituyen una agrupación diferenciada del resto del Universo. La única relación que mantienen es la de la apariencia visual de sus respectivas posiciones vistas desde la Tierra. Si pudiéramos trasladarnos, por ejemplo, a las inmediaciones de Arturo, comprobaríamos que la mayor parte de nuestras constelaciones habrían desaparecido, y las estrellas que las forman se habrían recolocado en apariencia en otras posiciones relativas diferentes, configurando otros dibujos.

Al margen de sus orígenes fantásticos, las constelaciones cumplen la importante misión de ayudar a orientarse en el firmamento, y a estructurarlo al subdividirlo en zonas identificables por todos, donde localizar determinada estrella o determinado cuerpo celeste.

La cara oculta de la Luna

La cara oculta de la Luna

Que la Luna nos muestra siempre la misma cara y que, por tanto, la otra cara permanece oculta, es algo sabido por todos. Sin embargo mucha gente tiene la confusión de pensar que la cara oculta está siempre a oscuras, que el Sol no la ilumina nunca. Quizá esto obedezca a equiparar inconscientemente «oculta» con «oscura» y al hecho de que cada vez que vemos la Luna estamos viendo su cara visible iluminada por el Sol, y deducir que la otra estará a oscuras.

Pero esto sólo es así en la fase de Luna llena. En Luna nueva, nuestro satélite se sitúa entre el Sol y la Tierra, y en esta posición su cara visible está dirigida hacia nosotros y por tanto a oscuras, salvo por la luz que le llega reflejada desde nuestro planeta. Lógicamente la cara oculta estará dirigida al Sol y plenamente iluminada. En las fases de cuarto creciente y menguante se da una situación intermedia en la que una cara se oscurece a medida que la otra se ilumina y viceversa.

Dentro de la extensa familia de satélites de los planetas del Sistema Solar la Luna es un caso singular. Su singularidad viene dada por su gran tamaño respecto a su planeta, o sea la Tierra. En el Sistema Solar sólo hay otro caso similar entre Plutón y su satélite Caronte, que examinaremos en otra ocasión. Dados sus tamaños y distancia la Tierra ha trabado gravitatoriamente a la Luna, de forma que el período de traslación y de rotación de ésta son exactamente iguales y, en consecuencia, nos presenta siempre la misma cara. La otra cara de la Luna estuvo oculta a la vista humana hasta que la sonda automática soviética Luna 3 la fotografió por primera vez el 7 de octubre de 1959.

 

El planeta donde se envejece más despacio

El planeta donde se envejece más despacio

En el siglo XIX se detectó cierta anomalía en la órbita de Mercurio, consistente en que en sucesivas órbitas el perihelio, o punto de la misma más cercano al Sol, se desplazaba un poquito de lo que la mecánica newtoniana predecía. Este fenómeno se conoce como precesión o avance del perihelio de Mercurio.

En la imagen el efecto está muy exagerado para poderlo apreciar, pero en realidad es muy pequeño, sólo 43 segundos de arco por siglo (recordemos que una circunferencia se divide en 360 grados, cada uno de los cuales se subdivide en 60 minutos y cada uno de estos, a su vez, en 60 segundos). Pero los astrónomos son muy quisquillosos en lo referente a la exactitud de las mediciones, y esta anomalía les traía de cabeza porque no encontraban explicación. Llegaron a suponer la posible existencia de un desconocido planeta transmercuriano de órbita aún más interior, y al que se bautizó como Vulcano. Se realizaron intensas búsquedas, pero al final se llegó a la conclusión de que Vulcano no existía.

La explicación tuvo que esperar hasta que Einstein formuló su teoría de la relatividad general. Efectivamente, Mercurio al estar tan cerca de la enorme masa del Sol, se ve afectado por efectos relativistas. A causa de la influencia gravitatoria del Sol, el tiempo en Mercurio transcurre un poco más despacio de lo que debería, y eso afecta a su órbita provocando la precesión del perihelio. Esto constituyó una prueba de la validez de la teoría de la relatividad, ya que los cálculos teóricos coincidían con la desviación de 43’’ por siglo de las observaciones, y contribuyó a la enorme popularidad de Einstein tanto como la constatación de que la gravedad puede desviar la luz. Pero la disminución del envejecimiento es tan pequeña que dudosamente compensará a nadie por las incomodidades y peligros de vivir en Mercurio.

¿Y qué hay en el hueco del 28?

¿Y qué hay en el hueco del 28?

 

En otra publicación explicamos la conocida como Ley de Titius-Bode que relaciona las distancias de los planetas al Sol con considerable precisión, y como en la posición correspondiente al 28 parecía existir un vacío.

No mucho después de ser formulada la ley, William Herschel descubrió Urano a 198 unidades, no muy alejado de las 196 predichas. Se desató una auténtica fiebre exploradora entre los astrónomos -a quienes no les gustó mucho que la realidad les estropease una bonita ley matemática- para encontrar algo que llenase el hueco del 28.

Finalmente fue el italiano Giuseppe Piazzi quien, en 1801, encontró el planeta faltante. Lo bautizó como Ceres, en honor de una antigua diosa siciliana de la agricultura y las cosechas (de ahí procede la palabra «cereal»). Pero no tardó en comprobarse que Ceres era muy pequeño, incluso menor que la Luna. Además, pocos años después, se descubrieron nuevos objetos, también pequeños, en órbitas similarmente situadas. Se bautizaron como Palas, Vesta y Juno. En los telescopios de la época no presentaban círculo visible, parecían simples puntos luminosos, igual que las estrellas. Pero, evidentemente, no eran estrellas; así se les denominó «asteroides», es decir: semejantes a estrellas.

Actualmente sabemos que el hueco del 28 lo ocupa el Cinturón de Asteroides, formado por cientos de miles de pequeños cuerpos rocosos, procedentes de un planeta que estalló o no llegó a formarse. El mayor es Ceres. Después de que Plutón perdió su categoría de planeta, comparte con Ceres y otros astros la categoría de planetas enanos.